Hay un momento que muchas familias recuerdan perfectamente: el primer día que una cuidadora entra en casa.
Aunque sepamos que necesitamos ayuda, es normal sentir cierto nudo en el estómago. Al fin y al cabo, no estamos hablando de dejar entrar a alguien en cualquier sitio. Estamos hablando de nuestro hogar, nuestras costumbres y, sobre todo, de una persona a la que queremos.
En Gipuzkoa somos bastante de cuidar nuestro espacio y de ganarnos la confianza poco a poco. La confianza no aparece porque sí. Se construye. Y ese primer día puede ayudar mucho a que las cosas empiecen con buen pie.
- Haced una presentación tranquila
Parece obvio, pero merece la pena hacerlo bien.
No basta con abrir la puerta y empezar a explicar tareas. Primero están las personas.
Presentad a la cuidadora con naturalidad y explicad a vuestro familiar quién es y por qué va a estar en casa. Siempre que sea posible, evitad frases que puedan hacerle sentir que ha perdido autonomía.
En lugar de:
“Viene porque ya no puedes estar solo.”
Es mucho mejor plantearlo desde la ayuda:
“Va a estar contigo unas horas para echarte una mano y que estés más tranquilo en casa.”
La forma de presentar a la cuidadora influye mucho en cómo será recibida.
Y conviene dejar que hablen un poco. Cinco o diez minutos tomando un café pueden servir más que media hora dando instrucciones.
- Explicad cómo funciona la casa de verdad
Cada casa tiene sus pequeñas normas.
Dónde se dejan las llaves. Qué puerta cuesta cerrar. A qué hora suele desayunar la persona mayor. Qué programa de televisión no se pierde nunca. Si después de comer acostumbra a descansar. Si le gusta salir a caminar cuando hace bueno.
Todo eso importa.
No hace falta preparar un manual de veinte páginas. Basta con explicar cómo transcurre normalmente un día en esa casa.
Por ejemplo:
- Hora habitual de levantarse y acostarse.
- Comidas y preferencias.
- Medicación, si la cuidadora debe colaborar con su organización según las indicaciones de la familia y los profesionales sanitarios.
- Rutinas de higiene.
- Paseos o actividades habituales.
- Visitas frecuentes de familiares.
- Horarios que conviene respetar.
Cuanto más clara sea la rutina, menos tendrá que improvisar la cuidadora durante los primeros días.
- Enseñadle dónde están las cosas
Hay preguntas muy sencillas que pueden generar bastante incomodidad cuando nadie ha explicado nada.
¿Dónde están las toallas?
¿Dónde se guarda la ropa limpia?
¿Dónde están los productos de limpieza?
¿Dónde se tiran los residuos?
¿Hay alimentos que no debe utilizar?
¿Dónde están los teléfonos importantes?
Un pequeño recorrido por la casa al comenzar evita muchas dudas.
La cuidadora debe poder desenvolverse con autonomía sin tener que llamar a la familia cada media hora.
Eso sí, enseñadle únicamente los espacios y cosas que necesita para hacer su trabajo. También es una forma de respetar la intimidad de todos.
- Contadle las pequeñas manías
Todos las tenemos.
Quizá vuestro padre quiere el café exactamente en la misma taza todas las mañanas. Vuestra madre puede molestarse si alguien mueve las cosas de sitio. O quizá después de comer necesita veinte minutos de silencio.
Desde fuera pueden parecer detalles pequeños. Para quien vive allí, forman parte de su vida.
Contárselos a la cuidadora ayuda muchísimo.
Y también conviene explicarle qué cosas suelen poner nerviosa a la persona, qué conversaciones le gustan, qué música escucha o qué actividades disfruta.
Porque cuidar bien no es solo ayudar a vestirse, preparar la comida o mantener la casa ordenada.
También es conocer a la persona que tienes delante.
- Dejad claras las tareas desde el principio
Uno de los problemas más frecuentes aparece cuando nadie sabe exactamente qué se espera.
Si la cuidadora viene principalmente para atender a una persona mayor, explicad cuáles son sus funciones desde el primer día.
Por ejemplo:
- Ayuda en el aseo.
- Preparación de comidas.
- Acompañamiento.
- Paseos.
- Limpieza relacionada con el día a día de la persona atendida.
- Compras.
- Apoyo en determinadas rutinas.
Es mejor hablar claramente al principio que descubrir semanas después que cada parte entendía algo distinto.
También es importante explicar qué cosas no forman parte de su trabajo.
La claridad evita malos entendidos y hace que la relación sea mucho más sencilla.
- No intentéis explicarlo todo en una hora
El primer día queremos dejarlo todo perfectamente organizado. Y a veces acabamos dando tanta información que es imposible recordarla.
Conviene priorizar.
Primero, lo imprescindible: seguridad, rutinas, alimentación, medicación si corresponde, teléfonos de contacto y necesidades de la persona.
El resto puede aprenderse durante los siguientes días.
Una buena adaptación necesita un poco de tiempo.
Ni la familia conoce todavía a la cuidadora ni la cuidadora conoce todavía la casa.
El factor humano: respeto en las dos direcciones
Hay algo que ninguna lista de tareas puede sustituir.
El respeto.
La cuidadora entra en un espacio muy íntimo de la familia. Pero ella también es una persona que está empezando un trabajo nuevo, intentando conocer costumbres, horarios y necesidades.
Preguntarle cómo ha ido el día, escuchar sus dudas y permitirle hacer observaciones ayuda a construir una relación sana.
También es importante que pueda decir:
“Esto no lo tengo claro.”
“Creo que sería mejor hacerlo de otra manera.”
“He observado que hoy está más cansado.”
Una buena cuidadora puede convertirse en unos ojos muy valiosos para la familia.
Y, al mismo tiempo, la persona mayor necesita sentir que sigue estando en su casa y que sus decisiones cuentan.
No se trata de que alguien llegue a dirigir su vida. Se trata de ayudarle a seguir viviendo la suya con más apoyo y seguridad.
Los primeros días son para conocerse
Quizá el primer día haya algún silencio incómodo.
Quizá vuestro familiar diga que no necesita ayuda.
Quizá la cuidadora tenga que preguntar varias veces dónde están las cosas.
Es normal.
La confianza rara vez aparece el lunes a las nueve de la mañana porque alguien haya firmado un contrato.
Se construye con los días, con pequeños gestos y con una comunicación clara.
Cuando familia, cuidadora y persona atendida saben qué esperar unos de otros, todo empieza a resultar mucho más natural.
Y llega un momento en que aquella persona que el primer día era una desconocida entra por la puerta y simplemente se escucha:
“Egun on, ¿qué tal has dormido?”
Ahí es cuando sabes que la integración va por buen camino.